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Ambientación

Hundido en una pérfida penumbra, Terenar se encuentra en las postrimerías de su lóngeva existencia repleta de sanguinarios eventos donde no se ha podido demostrar algo más que la perversión de los dioses que velan sobre este mundo desamparado. Las profecías de los oráculos hablan sobre un eclipse sempiterno y el surgimiento de un nuevo orden regido por los condenados primordiales exhumados directamente del Abismo. ¿Qué le deparará a esta tierra?
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Cuentos de la Aflicción: Proemio de los Muertos

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Cuentos de la Aflicción: Proemio de los Muertos

Mensaje por Administrador el Dom Mar 25, 2018 10:29 pm

El campo de batalla bramaba con voracidad mientras que morteros disparaban sus armas al igual que las ametralladoras posicionadas junto a las trincheras. Ningún hombre podía cruzar a un lado o al otro del campo de batalla: la tierra de nadie era un lugar donde solo se podía conseguir un camino seguro hacia la muerte. La enfermedad se propagaba por medio de aquellos agujeros cavados en la tierra donde vivían de forma precaria los soldados participantes en aquella masacre firmada por los altos rangos de las naciones involucradas; solo ellos sabían lo que se sentía estar en medio de aquella atemorizante entropía. Los hombres saltaban de las trincheras intentando cruzar hacia el otro lado pero eventualmente eran recibidos por impactos de balas que destrozaban el interior de sus cuerpos y los dejaban colgados como títeres abandonados sobre la planicie pintada de color gris.

La nieve caía y su color se mezclaba con el de la sangre fresca; este paisaje habría sido el mismo durante ya varias semanas. Los lurilos, intentando atravesar la frontera de Gran Litana, terminaron causando una guerra de desgaste en el medio de una llanura nevada. Las provisiones eran pocas y muchos soldados ya sufrían de debilidad. A pesar de los bombardeos aéreos las cosas no cambiaban del todo ante el apoyo de hechiceros y de cruceros aéreos de batalla desde ambos lados. A pesar de que muchos ahí creían que no podía ser peor, el destino hizo su trabajo en contradecir al mundo entero nuevamente.

¡En honor al Consagrado Imperio Litano, compañeros! ¡No perderemos esta fútil guerra contra esa basura lurila! —exclamaba un oficial litano mientras que llenaba de valor a sus camaradas para lanzarse a la batalla.

El oficial marchaba con sus soldados hacia el frente, preparado para un enfrentamiento directo contra los lurilos pero lo siguiente era una explosión que no era culpa ni de un bando ni del otro en el medio de la tierra de nadie. Tanto los litanos como los lurilos retrocedían ante aquel extraño acontecimiento, y lo siguiente pondría a todos con los pelos de punta.

Una presencia que hacía que incluso sus más leales soldados temblaran emergía de entre la oscuridad fustigando el campo de batalla. En el medio de una horrida carnicería salida de las peores pesadillas de cualquier hombre, brotando de la sangre que hervía sobre la tierra chamuscada por los impactos de cañones y morteros, un hombre esbelto y sentado sobre un trono de huesos y carne pútrida bañada en sangre seca que era cargado por débiles esclavos lampiños con la piel pegada a sus huesos aparecía. Sus brazos reposaban sobre los de aquella mórbida silla mientras que sus piernas se cruzaban; el hombre lucía unas prendas elegantes más costosas que las de cualquier miembro de la realeza imperial o de la burguesía eleanora, además de aquella apariencia inefable que era como la de un ángel: el rey de los demonios vestido para tener un vals en el paraíso. A pesar de su piel blanquecina y ojos de color cian, sus orejas puntiagudas como las de un elfo, su perfilada nariz, su cabellera del color de las cenizas tan larga y lisa que podía ser comparada con una cascada, y su apariencia delgada que aun así no mostraba ningún signo de debilidad, el aura que ese hombre emanaba no era para nada agradable. La burlona sonrisa pintada en su rostro causaba que los estómagos de los soldados se revolvieran, y el simple hecho de que pestañeara o hiciera el más mínimo movimiento con sus dedos o con los pies hacía que los más débiles huyeran despavoridos.

Bienvenidos sean todos a este paraíso de los demonios y pecadores. Este ahora es mi mundo, y la única regla es que solo el más fuerte de todos podrá sobrevivir —expresaba con una voz solemne y con un tono elocuente que casi lo hacía pasar por un político aclamando la era dorada de su nación.

El hombre extendía sus brazos al frente como un gesto de cariño hacia los que se encontraban en el campo de batalla. Él estaba completamente rodeado por una horda de abismales sedientos de sangre y listos para dar inicio a la verdadera guerra que comenzaba en ese instante con las viles palabras de aquel maniático extravagante. A pesar de su guardia de cien demonios, ellos no reaccionaban ante los soldados de ambos bandos que se lanzaban contra aquel que se sentaba sobre el trono para acabarlo al interrumpir aquel combate de esa forma tan repentina.

¡No hay lugar para ustedes demonios en este mundo! ¡Lárguense! —vociferaban los valientes que marchaban al frente mientras que los cobardes se quedaban atrás con las armas en manos.

¿Señor? —preguntó el demonio que se erguía imperioso al lado derecho del hombre.

Déjalos intentarlo… Hace mucho que no participo en una batalla.

La sonrisa en su rostro nunca cambiaba. A medida que más lo viera cualquiera, podría terminar irritado y posteriormente entrando en los confines de la locura con aquella retorcida personalidad que no concordaba para nada con su apariencia. Los soldados marchaban entre los demonios que se mantenían en silencio y esperando órdenes; aquellos que osaban desafiar a los demonios eran brutalmente masacrados por estos mientras que los otros terminaban por rodear al trono.

Ustedes tendrán un buen lugar en el Foso de las Almas en Pena al tener el valor de desafiarme de esta forma tan imprudente, osados soldados de Litana y de Lurila —aclamaba aquel hombre.

¿E-El Foso de las Almas en Pena? —inquiría, tembloroso, uno de los hombres armados que se encontraba frente al rey de los demonios—. ¡No puedes ser él!

Ahora paguen el precio por su estupidez —decía mientras saltaba del trono, usando el cojín sobre el cual se sentaba como lugar para impulsarse y, desde el aire, preparaba su puño contra sus adversarios.

El simple hecho de que ese hombre se levantara de la silla causaba unas feroces olas de viento contra su alrededor y, cuando colisionó su puño contra el suelo, un agujero de más de cuarenta metros de diámetro quedó marcado en el campo de batalla mientras que la feroz onda expansiva destrozaba carne, huesos, metal y órganos a su alrededor. Lo que antes era de por sí una carnicería se había transformado en algo mucho peor ante la llegada del dramaturgo responsable de la mayor de las tragedias en la realidad entera: Terenar. Las cortinas se abrían ante aquel nuevo acto de la historia del multiverso entero en la cual estaban por ocurrir los peores acontecimientos.

¡Las puertas del Abismo se han abierto! ¡Que empiece esta nueva era de mi reinado donde ustedes mismos pintarán por mí todos los paisajes hasta que no haya una sola tierra de cultivo bañada en sal! ¡Hasta que no haya una sola cordillera volteada por los impactos de los cañones! ¡Hasta que no haya pradera repintada con los colores de la noche y hasta que la carne y huesos de ustedes mis súbditos no se haya transformado en cenizas eternamente luego de infinitas batallas! ¡Esta es mi Opus Magna!

Esas palabras habrían sido escuchadas en el mundo entero. Los que presenciaron aquel acto sabían que armas normales no iban a funcionar contra aquellas criaturas infernales y la mayoría huyó mientras que aquellos que quedaron fueron devorados junto a sus almas por la guardia real de Eranor, el hombre que se sentaba sobre aquel trono. Eranor, autoproclamado Domen y también conocido por sus servidores como el Amo. El primero de los condenados; el marionetista de la aflicción; la efigie viviente de la perfidia y de la hecatombe.

Los saltos de los demonios, que se encontraban en su máximo poder a diferencia de quien regía sobre ellos, eran suficiente para alcanzar las avionetas que sobrevolaban el campo de batalla y luego volverlas añicos. Criaturas voladoras aborrecibles entre la guardia real se alzaron hasta llegar a los buques de batalla aéreos que eventualmente empezaron a caer como granizo y meteoritos sobre las trincheras. No había ya lugar para la victoria, solo para el derramamiento de más sangre en honor a Eranor.

Es un honor finalmente presenciarlo, Señor —dijo aquel demonio que aún se paraba junto a Domen.

Debería serlo —afirmaba, arrogante—. Nunca creí que conseguiría un cuerpo adecuado para poder manifestarme fuera de las rejas del Abismo, pero heme aquí ahora…

Aunque ¿fue verdaderamente una buena idea utilizar el cuerpo de un traidor para materializarse, Señor? —inquirió el demonio.

No me cuestiones, Ikhtan. De todas formas Dêmenor ya no puede hacer nada; al parecer el profeta no pudo predecir su propia perdición —hablaban sobre algún tema del pasado, pero cualquiera que los escuchara probablemente no comprendería sobre lo que se refieren.

Me disculpo, Señor.

Dêmenor siempre fue un idealista —divagaba—. Una vez él preguntó al Cuentacuentos si existía alguna forma de evitar que iniciaran más guerras…

¿Y qué le respondió, Señor?

Respondió justo lo que yo hubiera dicho: Haciendo que esta dure para siempre —indicó, esbozando una pérfida sonrisa.

Domen tomó a uno de los esclavos que alzaban su trono por sus cabellos, era el único de ellos que verdaderamente tenía una cabellera, y esta era larga aunque desgreñada y de un color pálido. Su rostro inocente tenía marcas de quemaduras y cicatrices por constantes torturas al igual que el resto de su cuerpo; sus ojos brillaban con una llama dorada y este intentaba suplicar por piedad mientras que lágrimas empezaban a recorrer sus mejillas.

Es hora de que muestres para lo que verdaderamente sirves… Tú creaste esto y ahora lo destruirás —le decía mientras que lo seguía jalando fuertemente por su despeinada y larga melena pálida.

A medida que más lo hacía sufrir al luego patear con fuerza su débil pecho, la criatura esclavizada era imbuida en un increíble destello de luz, transformándose en una espada larga de aproximadamente dos metros, con una hoja estrecha y un filo de color plateado y brillante. Eranor tomaba el arma desde el pomo con ambas manos, luego pasando su palma derecha por todo el filo, permitiendo que esta cortara levemente a través de su propia carne y derramando una pequeña cantidad de sangre.

Vayamos entonces.

Como usted ordene, Señor… —ahora, en vez de un tono formal, la voz de Ikhtan sonaba excitada y lista para el genocidio que estaba por causar a medida que su cuerpo se deformaba, transformándose en el de un horror de ocho metros de alturas con cuatro patas abajo y dos arribas; llevando una forma similar a la de un arácnido humanoide. Su piel se convirtió en escamas negras y puntiagudas más resistentes que cualquier metal que brillaban detrás de la sangre seca que las manchaba. En las patas superiores portaba una lanza con el doble de su estatura hecha de un metal con un color idéntico al de sus escamas, la cual tenía una forma mórbida y con inscripciones en una lengua que alguna vez fue considerada prohibida, además de las formas de cadáveres esculpidas por los herreros más talentosos del Abismo. Sus ojos eran como ventanas hacia el infierno mismo, emanando un fuego sempiterno que anunciaba la llegada del Ragnarok o la guerra que acabaría todo para dar siembra a una nueva era en este proemio de los muertos: el final de los cuentos de la aflicción.
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Administrador
Eranor, El Primero de los Condenados

MENSAJES : 79
FECHA DE INSCRIPCIÓN : 31/10/2014
EDAD : 19

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